Ella tiene un cuadro gigante colgado en el salón, cubierto por un fino marco dorado, que solamente es tocado por el polvo o las arañas. Que muy de vez en cuando y cuando nadie lo nota, osan rozar en invalorable trofeo, que cuelga inerte por casi más de veinte años.
Ella guarda un carné muy antiguo en su vieja mesa de noche y lo enseña orgullosa cada vez que alguien habla mal del gobierno. Resiente con la cabeza cada uno de los comentarios y casi sin respirar, murmulla una respuesta que solo ella escucha y que no repite, guardando celosa, cada uno de los secretos del partido de sus amores.
Mira con entusiasmo cada aparición del presidente en la televisión, lo escucha como si cada una de sus palabras fuera solo y para ella. Sonríe cuando hace alguna broma, como si aún fuera una niña y cree cada una de sus palabras y promesas a ciegas , sin temor a salir lastimada con el paso de los años.
Entre sus cosas, figuran unas fotos con el presidente y su actual esposa, cuando todos eran jóvenes, algunos un poco más locos que otros, pero todos luciendo una sonrisa reluciente, frente a palacio de gobierno y con los soldados de fondo, marchando despreocupados poco después de pasado el meridiano.
A pesar de todos los recuerdos y los años que no acude a palacio, aún siente ese fervor cada vez que entona el himno, cada vez que ve una estrella roja pintada de forma arcaica en alguno de los murales de la ciudad y sin temor cualquiera, entona alguno de los coros de ese himno parecido a uno francés muy popular en el resto del mundo.
Ella espera siempre su llamada. Pensando que tal vez algún día, él se acuerde de ella y se decida a llamarle y agradecerle por el tiempo y el fervor con el cual, ella lo defiende y lo aplaude todos los días de su vida , recortando sus fotos y guardándolo en un álbum, que es solo y único exclusividad de ella .
Alguna vez le pregunte que era lo que le había cautivado de esa estrella, que era lo que la llamaba con pasión y euforia a entonar el himno y pararse de su apolillado sofá, solo sostenida por un bastón y claro, con una fe que rebasa el tiempo .Me dijo que él era como ella, que aquel presidente bonachón y sonriente era un luchador, un idealista, una persona que no se rendía y que luchaba por todo lo que consideraría justo para el pueblo. Yo me reí, le dije que tal vez no era del todo cierto, pero no soy nadie para quitarle esa ilusión, ese presidente es el suyo y esa historia le pertenece solamente a ella.
Hoy miro con más respeto aquel cuadro polvoriento en el medio del salón y callo cuando quiero dar un comentario fuera de lugar. Tal vez no todas las historias son iguales y que todos los lideres de mi país no son lo realmente malos que yo pienso, aunque eso me lleve a muchas dudas en mi cabeza.hoy se que quizás nunca este de acuerdo con él y guardare mis comentarios sobre alguna de sus decisiones y se que si algún día le veo no le dedicare el fervor de mi abuela , ni mucho menos recortare su rostro. Pero de algo he de estar seguro, si algún día le tengo frente y él me tiende la mano. Le mirare a los ojos y le diré con una voz muy seria , que mi abuela esta esperando su llamada.
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